Morelia, Mich., 27 de agosto de 2018.- El moreliano Isaac Fonseca ingresó con el pie derecho a la plaza de toros salamantina de Aldeávila de Rivera al provocar el bien deseado “NO HAY BILLETES”, desorejó al primero de su lote y recibió ovación por lo pintureado al cuarto de la tarde, salió a hombros y se convirtió en el aclamado triunfador de la segunda novillada de feria de ese destino español.
Isaac Fonseca no para de tumbar caña, que es decir de cortar orejas, por eso en 9 salidas al ruedo ha sumado la friolera de dos rabos y 12 orejas, hazaña nunca alcanzada por un novillero mexicano en la historia de la fiesta brava española, es por ello por lo que el chaval marcó ya ese sonoro NO HAY BILLETES, el mismo que para nosotros significa “boletos agotados”.
El discípulo del matador Jacobo Hernández, segundo espada de la novillada en cuestión, alternó en mano a mano con el español Pablo Jaramillo, quien recibió palmas y ovación. Se lidiaron a muerte, sin picadores, bureles procedentes de la ganadería Valdeflores, muy bueno el segundo y buenos en lo general los otros tres.
LAS FAENAS
Isaac Fonseca saludó en el tercio al respetable, ensayó dos que tres verónicas, una media, y se sintió apto para afrontar lo que le surgiera de las corraletas de la plaza. Cuando vio venir hacia él ese novillo de Valdeflores muy bien presentado y mejor armado, el moreliano le dio cara, le citó con suavidad, le prendió con una verónica a pies firmes y le pintureó gran faena de capote.
Se dio cuenta que el burel iba bien, metía la cabeza abajo, no calamochaba, que era claro de embestida, acudía al menor toque, que había que llevarlo con tersura, que despegaba de largo, que había que meterlo serenamente en el engaño. Y todo lo hizo como mandan los cánones, como dicen los enterados que debe hacerse, sin arrebatos, sin brusquedades, sin prisas.
Y el novillo empezó a pasar cada vez con más cadencia, como que enfrente tenía a quien sabe mandar, al que puede aguantar una eternidad y todavía más, al que no se guarda nada en sus alforjas, al que lo da todo en cada lance, al que está hecho para la fiesta brava como la fiesta brava está hecha para él. Y sí, el público empezó a olear sus oléeeeees largos, muy largos.
La faena de muleta fue un perfume fino para un olfato delicado. Isaac tejió, bordó y matizó con soltura y arte. Las aclamaciones musicalizaron la plaza y los aplausos empezaron a salir sin que todavía se cumplieran los tiempos, sin que fuera ya a la suerte suprema. El chaval siguió en lo suyo, tan con ese su toreo verdad.
Qué gran faena le dibujaba a ese buen novillo de Aldeadávila. Hacía gala de poder, mando, valor, arte y variedad en las tandas. El reloj le marcó el tiempo cumplido, y él, puntual, tomó el estoque, clavó su mirada en el morrillo, exactamente en el hoyo de las agujas y se lanzó con todo. Salió ileso de esa acción tan roñonuda y dejó media en buen sitio. El presidente sacó dos pañuelos blancos y la gente lo premió con aplausos sonoros y vivas consagratorias. Al novillo se le dieron vuelta al ruedo.
Al segundo burel de su lote, al cierraplaza, Isaac lo consintió, lo llevó de menos a más, lo construyó a su antojo, le realizó un novilleo variado, limpio y verdad, para confirmar que lo anterior no entra en la casualidad sino en la causalidad. Pero se puso pesado con el acero, mas el público lo ovacionó. Así sea.









